¿Nos paraliza el miedo a ser desplazados por la tecnología o nos impulsa a buscar un sentido más profundo? Reflexiono sobre la dignidad del trabajo, la necesidad de mirar más allá de lo evidente y por qué pensar en lo imposible es algo profundamente humano.

Escribía la semana pasada sobre ese miedo latente que a veces parece cubrirnos cuando pensamos en el futuro de nuestro trabajo, especialmente en todo lo relativo a lo que la tecnología, y particular a la IA, puede generar sobre lo que hacemos. Aunque sospecho que ese temor va mucho más allá del ámbito estrictamente laboral. Yo creo que, en el fondo, tenemos miedo a perder nuestro lugar, aunque esa sea una cuestión a la que venimos ya dándole vueltas desde hace tiempo.

Me van a perdonar si vuelvo hoy sobre este asunto. No soy un experto ni en tecnología y menos aún en la IA. Tan solo un usuario bastante normalito que busca mirar las cosas con una perspectiva un poco diferente y quizás algo más optimista. Por el momento, al menos, quisiera seguir viendo lo que pasa en el mundo más como reto que como amenaza.

Es por ello que recupero una historia de la que ya he hablado en este blog: la película Figuras ocultas. El filme narra la vida de tres mujeres afroamericanas que trabajaban como calculadoras en la NASA durante la década de los sesenta, en un entorno profundamente hostil. Si bien en otra ocasión utilicé esta historia para hablar del cambio, hoy quiero fijarme en otros detalles de la misma.

Hay dos escenas de la película que se me quedaron grabadas. En una conversación uno de los personajes afirma: «estamos viviendo lo imposible, enviar un hombre al espacio». Aquel desafío supuso una auténtica revolución en la forma de pensar, de imaginar y de actuar en el mundo. En otro momento, uno de los responsables de ese proyecto pedirá a su equipo «mirar más allá» de los números, buscar respuestas a cálculos que aún no existen y a preguntas que todavía no se han formulado. Mientras su equipo se esfuerza en el día a día, él ya está pensando en llegar a la Luna.

Mirar más allá de lo evidente, concebir lo imposible y formular preguntas que nadie ha planteado aún: esa es una capacidad estrictamente humana. Proviene de nuestra facultad de imaginar y de aportar. De hecho, en la película la llegada de una nueva y potente máquina de cálculo desatará el miedo entre las “calculadoras humanas”, pero la respuesta no será la rendición, sino la anticipación y el propósito. Fueron conscientes de que esa herramienta, por veloz que fuese, carecía de sentido sin una dirección humana que la guiase.

Al recordar esas escenas de la película pensaba en que el trabajo es una parte muy importante de lo que somos. Pero eso no significa que seamos esclavos del mismo. Nuestra presencia en el mundo va más allá de ser unos meros ocupantes. Si fijamos nuestra atención en el relato bíblico de la creación descubrimos toda la belleza que hay en el mismo y, al menos yo, no puedo evitar pensar en mí como alguien que mediante su trabajo tiene la responsabilidad de cuidar del mundo y de la creación. Es ahí donde radica la importancia de saber para qué trabajamos.

El trabajo, el tuyo y el mío, no solo sirve para hacer cosas, sino que también nos hace crecer por dentro, nos moldea y, sobre todo, nos ayuda a ser más humanos. Por esa razón también es tan importante la dignidad del trabajo y, por ende, de la persona que lo realiza. Eso es lo que puede elevar el trabajo más sencillo a otro nivel.

Si nos falta el propósito y el sentido, el trabajo se vuelve otra cosa bastante más fea. Los personajes de la película miraron más allá, pensaron en lo imposible y, por ello, tampoco sucumbieron a la “amenaza de la máquina tecnológica”.

Voy terminando. ¿Estamos perdiendo un poco de esa energía y de esa capacidad de mirar más allá? ¿Pueden nuestros miedos actuales paralizarnos en lugar de espolearnos a usar la imaginación, a pensar en lo imposible?

Decía don Hilarión, el personaje de una conocida Zarzuela que “las ciencias avanzan que es una barbaridad”. Es verdad, todo va muy rápido, pero el propósito, la dirección, la imaginación y el pensar más allá son y serán, siempre, un territorio estrictamente humano, nuestro territorio. No lo olvidemos.

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