“No me planteo traer un niño al mundo a la vista de cómo está ese mismo mundo: lleno de incertidumbre política y geopolítica, con una vida cada vez más cara, graves dificultades para acceder a una vivienda, el impacto de la tecnología sobre el trabajo y la propia vida, etc.”
Me contaba un buen amigo que esta fue la respuesta que recibió de una mujer joven, con una edad en torno a los 32 años, y excelente profesional. En un entorno de confianza él le había preguntado si se había planteado tener hijos. Para mi, personalmente esa respuesta no fue una sorpresa. Afirmaciones parecidas las había escuchado ya con anterioridad. Un elevado nivel de pesimismo se ha instalado sobre una parte muy importante de las personas de este país, y especialmente entre aquellos a los que la sociología calificaría como generación millenial o generación zeta.
Y comprendo esa respuesta con todo mi corazón, pero también con todo mi corazón he de pedirles que no se rindan y que le digan al mundo que la esperanza sigue siendo una elección.
Esa conversación me hizo recordar una lectura que hice hace dos años de un discurso* del año 1957 pronunciado por el francés Robert Schuman, uno de los fundadores de lo que posteriormente fue la Unión Europea
En ese discurso había un párrafo que me impactó.
«Sabemos que nuestras tareas y deberes forman parte de un plan providencial del cual hemos de ser los operarios inteligentes y dóciles. Sabemos que a toda vocación individual o colectiva acompaña la gracia y que nada se nos pedirá más allá de nuestras fuerzas. Pero sólo podemos responder plenamente a la llamada que se nos hace cuando nos demos completamente, cuando estemos decididos a ir más allá de nuestro interés personal y nacional»
En aquel año, el contexto de Europa no invitaba a ningún optimismo. Era un continente aun traumatizado por la terrible Segunda Guerra Mundial, vivía en medio de la guerra fría y con la amenaza nuclear; había asistido sin poder hacer nada a la invasión de Hungría por las tropas de la Unión Soviética; había estallado la crisis del canal de Suez y muchas naciones europeas asistían al final del colonialismo. Era un entorno muy complicado.
Schuman pese a todo ese contexto no perdió la esperanza, confió en sí mismo, y en la capacidad de los demás habitantes de Europa para volver a levantarse, supo que habría que renunciar a egoísmos individuales en aras de un bien común más importante y siguió batallando junto a otros líderes como Adenauer y de Gasperi por construir una Europa que abandonara el conflicto bélico y facilitara bienestar y prosperidad a sus habitantes.
Y el discurso de Schuman iba más allá de lo meramente político, era toda una llamada a tener una mirada diferente hacia el mundo que se podía construir.
Es verdad que quizás hoy ya no hay políticos, en casi ningún lugar, con la talla de aquellos hombres, es verdad que hoy priman los interesas particulares y egoístas sobre ese bien común. Y, sobre todo, es verdad que hoy el panorama no es muy optimista ni en España, ni en Europa, ni en el mundo.
Pero desde estas líneas me atrevo a decirle a esa mujer y a todos los que forman parte de esas dos generaciones, que no pierdan la esperanza y que sigan confiando como lo hizo Schuman. Que sigan en la brecha batallando por un mundo mejor, en el que un niño sea un síntoma de esperanza y no de temor, que quizás no esté de moda confiar en ningún plan providencial, pero no por ello han de dejar de confiar en esa posibilidad y que se dejen convertir en operarios inteligentes y hasta dóciles en la construcción de un mundo que siga mereciendo la pena. Y que la docilidad de la que hablaba Schuman era poner el “yo” al servicio de una causa más grande en la que el pronombre es “nosotros”.
Espero que esa voz del pasado y llena de sabiduría sea capaz de despertar en todos, pero especialmente en los más jóvenes la pasión por ser constructores conscientes de un mundo que será, seguramente diferente a lo que hemos conocido hasta ahora, pero en el que nacer y vivir sea un acto de profunda esperanza.
Y quienes ya formamos parte de unas generaciones “veteranas” no nos desentenderemos. Estaremos ahí, en ese “nosotros”. Poniendo nuestro granito de arena en cada paso de ese camino. Porque todos estamos llamados a darnos plenamente e ir más allá de nuestro interés personal.
Soy consciente de que todo esto que planteo no será nada fácil y que habrá muchas decepciones, pero por favor, no perdáis la esperanza, no renunciéis.
*Robert Schuman, «Est-il trop tard pour faire l’Europe?» Conferencia ante el Centre Catholique des Intellectuels Français, 29-1-1957)
En la segunda temporada de «The White Lotus» uno de los personajes dice lo mismo. Tú eres muy generoso, Emilio, al atribuir la decisión a una evaluación objetiva de la situación que atraviesa el mundo, pero si esa gente tuviera la oportunidad de elegir dónde y cuándo nacer desde el velo de la ignorancia, es decir, sin saber si iban a ser hombre o mujer, rico o pobre, alto o bajo, etcétera, ¿cuántos de ellos optarían por un lugar y un momento distintos al Occidente actual? Me temo que muy pocos se arriesgarían a ser esclavo en la Roma de los Antoninos, siervo de la gleba en la Francia medieval, obrero en una fábrica textil del Manchester decimonónico…
O sea, que tan mal no debe de estar todo.
Mi impresión es que hay mucho memo, mucho ignorante y mucho egoísta.
Fuerte abrazo.
Estimado Emilio. Es un tema profundo el que traes en esta oportunidad y lo puedo resumir en una palabra: Esperanza.
Comparto tu visión y le agregaría tres comentarios: Dejar de traer un niño al mundo por la situación que vivimos actualmente, es no considerar que todas las epocas, sin distinción, han sido críticas. Adicionalmente, cuando nos olvidamos que la naturaleza es nuestra dueña (y no al contrario), tambien nos olvidamos de que Ella genera los niños que van a estar a la altura de las circunstancias…
Finalmente, cerraría con una alabanza al Alma Humana, esa que es capaz de sobreponerse a todas las adversidades y también de ocupar su lugar en los niños por nacer que, al no traerlos, les estamos bloqueando la posibilidad de que nos salven, incluyéndome como «veterano». Cordial saludo. Gracias por darme la oportunidad de reflexionar sobre temas que considero valiosos.