Nos ha tocado por suerte o por desgracia (yo creo que por suerte) vivir unos tiempos que como poco podrían ser calificados de acelerados. Pero eso los hace también apasionantes.
Quizás una de las realidades más apasionantes de estos tiempos sea la de la tecnología, su impacto en la vida personal y laboral. Vemos como en las organizaciones. Las empresas viven casi desbordadas por aspectos como la “digitalización» o la «Inteligencia Artificial». Ambas se nos presentan, con frecuencia, como la solución a todo, la clave de la eficiencia, la competitividad y la productividad. Hoy, ver a alguien sin un smartphone en su mano es algo así como “pero en qué mundo vives”.
Otras veces, y especialmente la IA, se nos presenta como esa gran amenaza no solo al mundo del trabajo sino al mundo en general, como si una especie de dios terrible pudiera acabar con todos nosotros.
Sin ser un experto en nada de esto, pero si un observador (espero que sagaz) creo que es un buen momento para dedicar unas líneas sobre lo que todo este tsunami de la tecnología dice acerca de nosotros.
La tecnología es el resultado de nuestra capacidad de inventar y reinventarnos. Sin embargo, una vez creadas, muchas veces convertimos esas herramientas en un fin en sí mismas. Nos deslumbra su potencia y olvidamos preguntarnos para qué la queremos.
Esa pregunta —“¿para qué?”— debería ser esencial en las empresas y en nosotros. Si no sabemos hacia dónde vamos, incluso el vehículo más sofisticado nos llevará al lugar equivocado, aunque eso sí, más rápido. Afirmar que la tecnología no es el destino parece una obviedad, pero sospecho que, deslumbrados por su potencia, la hemos convertido un poco en eso, olvidando que solo debe ser el vehículo.
En este contexto, vivimos obligados a aprender de forma constante. Peter Drucker ya advertía, hace muchos años, que deberíamos seguir aprendiendo casi hasta el final de nuestra vida laboral. Y es aquí donde surge una nueva pregunta: ¿puede la inteligencia artificial ayudarnos en este proceso? La respuesta es un sí condicional. Puede ayudarnos a procesar mejor y más rápido información, pero la decisión fundamental sigue y debe seguir siendo nuestra. Es nuestra responsabilidad elegir qué aprender y con quién colaborar. No podemos, ni debemos, dejar que la tecnología decida por nosotros.
Corremos el riesgo de dejarnos seducir por las sucesivas modas tecnológicas, permitiendo que sean ellas las que marquen el rumbo. Pero la tecnología nunca debe decidir el sentido de nuestras vidas.
La tecnología no puede sentir, ni amar, ni odiar, ni empatizar, ni intuir, ni colaborar, ni tener paciencia. Ese es todo un mundo que nos pertenece en exclusiva. En crear propósito y sentido seguimos siendo “únicos”
Escribía Ortega y Gasset en su «Meditación de la técnica» que el ser humano ha de hacerse en cada momento su propia existencia. Que tenemos la tarea de luchar por «llegar a ser lo que ha de ser, realizar el programa que se es».
Para Ortega, nuestra vida era casi un «problema de ingeniería»: debemos usar la facilidad que el mundo nos ofrece (la técnica, la tecnología) para vencer las dificultades que se oponen a la realización de nuestro programa personal y continuaba afirmando que era en esta condición radical de nuestra vida donde prende el hecho de la técnica». La digitalización y la IA son herramientas poderosas, sí, pero son solo eso: herramientas.
Su verdadero valor no reside en la productividad que generan, sino en su capacidad para ayudarnos a superar los obstáculos que nos impiden realizar ese «programa que somos».
La verdadera tarea, la que se cultiva en la reflexión y en el silencio, sigue siendo la misma de siempre: descubrir cuál es ese programa y encontrar el coraje para realizarlo.
Adviento y Navidad pueden ser buenos momentos para pensar en el uso que le damos a ese vehículo y el modo en el que cada uno está construyendo su programa.
Comentarios recientes