Desde hace ya unos cuantos años cada vez que me enfrento al reto de impartir un programa formativo vinculado a lo que se denominan “habilidades blandas”, no puedo evitar hacerme algunas preguntas. ¿Es posible enseñar cualquier habilidad blanda?, ¿está cayendo en tierra fértil esto que estoy explicando? ¿Sabrán conectarlo e integrarlo con todo lo demás que hay en sus vidas de modo que no solo sea algo limitado a su uso en la vida profesional?, ¿lo recibirán y lo manejarán tan solo como una especie de barniz o máscara?
Con el paso de los años, en mi cabeza y en mi corazón, mi experiencia me ha ido enseñando que esas “habilidades blandas” no son meras herramientas laborales sino facultades para la vida. Y eso, si es así, tiene mucha trascendencia.
Y comencé a pensar de este modo el día en que interactuando con unos alumnos llegamos a la conclusión de que una formación de trabajo en equipo, de liderazgo, de comunicación, etc., debía de ser integrada con la arquitectura profunda de la persona. Conectar con sus emociones, con sus principios y valores, con su actitud ante el cambio, con sus creencias (limitadoras o potenciadoras), con su propósito, etc. Algo así como los nuevos ladrillos en la construcción del edificio de su vida.
Pero para lograr esa integración, esa conexión, no solo será necesario que el formador lo haga bien, sino que quien recibe esa formación disponga de un sólido conocimiento de sí mismo. Es la única forma de conocer en qué lugar ir colocando cada nuevo ladrillo.
De no hacerlo así sospecho que cualquier formación, más allá del impacto inmediato, se diluirá en medio de la marabunta de informaciones con las que hoy vivimos y quizás con un poco de suerte en el recuerdo queden algunas anécdotas. Y ello con independencia de la brillantez del formador.
Decía Lao Tse que “quien conoce a los demás posee inteligencia, y quien se conoce a sí mismo posee clarividencia”. Sabemos desde hace muchos años que cuando toca liderar a otros es fundamental conocerlos (véase el modelo situacional), pero curiosamente parece que nos resistimos a conocernos a nosotros mismos y no tengo muy claro cuál es el origen de esa resistencia. Aldous Huxley decía que “si la gran mayoría de nosotros permanecemos ignorantes de nosotros mismos es porque el autoconocimiento es doloroso y preferimos los placeres de la ilusión”.
Quien se conoce, quien sabe entender sus emociones, quien sabe gestionar sus miedos, quien respeta el talento ajeno, quien integra, por ejemplo, una formación de trabajo en equipo entre sus principios y valores será alguien que no solo podrá llegar a transformar una organización, sino que también podrá transformar una familia, un barrio e incluso una sociedad.
Lo más frecuente es que cualquier formación en habilidades blandas tenga por objetivo cubrir la necesidad de talento de una organización, y eso es algo razonable. Pero deberíamos mirar un poco más allá y tomar conciencia de que el mundo está cada día más necesitado de mejores personas.
Hay tarea por delante.
Clarividente
Así es
Muchas gracias