Cuando  vi la película «Los domingos» y, más allá de lo que me gustó la historia que contaba, me quedé atrapado por un concepto que solemos dejar encerrado en el ámbito religioso: el discernimiento.

Comparto una reflexión sobre cómo este proceso puede ayudarnos a encajar mejor en un mundo que prefiere que estemos distraídos antes que abstraídos

Ahora que el eco de la película Los domingos se ha calmado en las carteleras, me parece el momento ideal para rescatar una realidad que la cinta refleja con maestría: el proceso de discernimiento. Esa travesía interior que la protagonista recorre hasta tomar la decisión definitiva de abrazar la vida conventual.

Para quienes no estén familiarizados con el término, conviene aclarar «por dónde van los tiros». Según la RAE, discernir es distinguir una cosa de otra señalando su diferencia. María Moliner va más allá y habla de la «capacidad de percibir, comprender y juzgar para tomar decisiones».

Es fascinante cómo la Iglesia Católica estructura este proceso, consciente de que una vocación marca toda una existencia. No es un impulso de un domingo tarde; requiere tiempo, acompañamiento, silencio y un programa honesto para descubrir qué habita en nuestro interior.

Sin embargo, solemos cometer un error: pensar que el discernimiento es exclusivo del ámbito religioso. ¿Por qué no aplicarlo a diferentes facetas de nuestra vida?

Todos deberíamos hacer un esfuerzo permanente por encontrar nuestro encaje en el mundo. Debería hacerlo el joven que termina sus estudios; debería hacerlo el profesional cada pocos años para evaluar en qué ha cambiado él y en qué ha cambiado su entorno. El mismísimo Peter Drucker recomendaba este «parón» cada tres o cuatro años.

A eso se le llama discernir.

Pero hemos diseñado un mundo que corre demasiado. Consciente o inconscientemente, la modernidad nos empuja a la rapidez, al mensaje corto y al aburrimiento que se cura pasando pantallas. Estamos constantemente distraídos, pero raramente abstraídos. No nos damos tiempo para averiguar quiénes somos en este momento preciso ni cómo encajamos en una realidad que muta cada semana.

No somos una foto fija. Aprendemos, tropezamos y evolucionamos. Por eso, el acto de discernir no debería ser un episodio aislado, sino una pauta de vida. Una herramienta para dejar de ser sujetos pasivos y empezar a crear relaciones y valor (y no solo económico).

En definitiva: no te prives de saber de ti. No te prives de entender tu lugar en el mundo. No te prives de usar el verbo discernir.

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