El próximo sábado llega a España el Santo Padre León XIV. Al hilo de esta visita histórica, rescataba hace poco una de sus breves homilías sobre la parábola de la viña. Una reflexión que, más allá de credos, y al menos para mi, esconde una reflexión directa acerca de nuestra mirada a los demás y a nosotros mismos.
Leía hace poco una breve homilía de León XIV. Dedicaba sus palabras a la parábola de la viña. Esa en la que el propietario de la viña envía a diversos trabajadores y a diversas horas a trabajar a su viña. Y retrata León XIV la originalidad del dueño de la viña que se manifiesta a la hora de pagar llegado el final del día.
Con los primeros trabajadores, los de primera hora, acuerda un salario de un denario, el coste habitual de una jornada de trabajo. A los restantes les dirá que les pagará lo que sea justo. Y plantea el Santo Padre que la parábola provoca. Y ¿por qué provoca? por qué ¿qué es justo? A todos ha pagado un denario. Para el dueño de la viña, es decir, para Dios, es justo que cada uno tenga lo necesario para vivir. Él ha llamado personalmente a los trabajadores, conoce su dignidad y, en función de ella, quiere pagarles.
Y según León XIV hay belleza y generosidad en el gesto del dueño de la viña. No ha mirado solo el mérito, sino también la necesidad. Y este gesto provocó la protesta y la decepción de los primeros trabajadores. Para ellos, ese gesto de belleza y generosidad era injusto.
No voy a entrar en cuestiones teológicas de las que no tengo ni idea, pero me llamó la atención ese matiz en la charla del Papa: tener lo necesario para vivir. Y deberíamos preguntarnos si hoy en día tantas y tantas personas que trabajan tienen realmente lo necesario para vivir con dignidad. Sospecho que no.
Pero me gustaría ir un poco más allá de esa lectura social tan necesaria y que propongo en primer lugar.
El dueño de la viña no mira el reloj; mira a la persona. Conoce su nombre, su necesidad y su dignidad. En medio del ruido cotidiano, con frecuencia nosotros no solemos actuar de la misma manera y ello en dos sentidos.
Por un lado, cuando somos nosotros los que tenemos que retribuir y puede que miremos el reloj y no a la persona y lo que realmente necesita. Y sí, hay muchas veces en que necesitamos saber mirar más allá.
Por otro lado, cuando no somos capaces de dirigirnos a nosotros mismos una mirada limpia y serena, como hace el dueño de la viña. Y sin esa mirada puede que estemos abandonando el cultivo y cuidado de esa viña que cada uno de nosotros aloja en su interior.
Y si queremos vivir una vida que merezca la pena hemos de ser capaces de tener una mirada limpia a nuestro interior y de mirar de la misma manera al otro cuando nos encontramos con él. Quizá el primer paso para cambiar esa realidad externa sea empezar a tratarnos a nosotros mismos con la misma belleza y generosidad que tuvo aquel dueño de la viña.
Pregúntate como te miras y cómo miras a los otros.
Muchas gracias.
Muy oportuno post, Emilio, a la vez que controvertido. Si una sociedad se organizara con arreglo a los criterios del dueño de la viña, se generarían infinidad de problemas. La historiadora de la economía Deirdre McCloskey dice que si pagas lo mismo al neurocirujano que al barrendero, vas a acabar con muchos barrenderos y muy pocos neurocirujanos. Igual que la del hijo pródigo, yo entiendo que esta parábola es un anticipo del reino de Dios, que como también señaló Jesús no es de este mundo. Un fuerte abrazo.