Es posible que a uno le entren ganas de escribir sobre el medio ambiente justamente cuando lo que le rodea habla de incendios, calor asfixiante y cambio climático. Quizás se cumple aquí aquello de acordarse de Santa Bárbara solo cuando truena. O tal vez nuestro cerebro simplemente elimina estas preocupaciones cuando los factores externos no están presentes, permitiéndonos vivir sin tanto agobio el resto del año.
El caso es que, en estos días, me topaba con una oración que pide la intercesión de Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia que siempre tuvo muy presente la importancia de la creación como don de Dios. En esa plegaria se pide saber aprovechar y cuidar los bienes creados para beneficio propio y de los demás; se habla del inmenso amor divino manifestado en la naturaleza, se pide la gracia de amar y proteger este mundo y, finalmente, se ruega que se nos muestre el camino para vivir en armonía con nosotros mismos, con Dios y con lo que nos rodea.
Todo ello me hacía pensar en que, si algo caracteriza a la naturaleza, es la belleza, la armonía y la serenidad que transmite al contemplarla. Sin embargo, al ver documentos o imágenes de tiempos pasados con ciudades cubiertas de nieve —algo hoy casi insólito—, o al recordar paisajes donde el agua corría libre incluso en tiempo de estiaje, no puedo evitar pensar en cuánta belleza estamos perdiendo por falta de cuidado.
¿Qué pasa por nuestra cabeza cuando en verano volvemos a nuestros pueblos y vemos los cauces de los ríos secos, cuando hace solo unos años eso era impensable? ¿No nos gustaría volver a ver correr el agua y sentarnos en la orilla a la sombra? ¿Qué pensamos cuando nos hablaban de las grandes nevadas de antes? ¿No desearíamos poder bajar a la calle y volver a jugar con la nieve? ¿Y qué sentimos al mirar a lo lejos y ver esa boina oscura de contaminación sobre nuestras ciudades en lugar de un cielo limpio?
La naturaleza es un regalo que hemos recibido y del que somos custodios. Cuidarla es, en el fondo, cuidar la belleza. Escribía Dostoievski que la belleza salvaría al mundo; creo que es verdad, pero primero tendremos que salvar nosotros a la naturaleza si queremos que esa belleza nos salve después. Si el miedo al deterioro ambiental no nos asusta ni nos moviliza, quizás el deseo de recuperar la hermosura de la tierra en cada estación sí pueda ser el motor que nos lleve a proteger la casa común de la que hablaba el Papa Francisco en Laudato Si.
Hay mucho que hacer. Entre todos y para todos.
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