La semana pasada volvía a ver la película Hasta el último hombre, que narra la historia del soldado Desmond Doss durante la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. Doss fue un hombre excepcional: quería defender a su país, lo hizo como sanitario, pero se negó a empuñar un rifle. Una coherencia interna que le costó incomprensión y castigo.

Hay un momento de la película en el que Doss, desesperado por el horror y la muerte, se dirige a Dios y le reclama: “¿Qué quieres de mí? No lo entiendo. No te oigo”. En ese instante de silencio interior absoluto, pero lleno de ruido a su alrededor escuchará a un soldado herido gritar: “¡Un médico!”. En medio del caos y las balas, Doss se levanta y acude al socorro. La voz de Dios se hizo oír en el grito del otro.

También en estos días releía algunas páginas del Diario de Etty Hillesum, una mujer judía nacida en Holanda que murió en Auschwitz. Entre los años 1941 y 1943 escribió en sus diarios aquello que le tocó vivir en aquellos tiempos. En medio de la persecución, Etty escribió algo que aún me conmueve cuando lo releo:

“Te ayudaré Dios, para que no me abandones, pero no puedo asegurarte nada por anticipado. Solo una cosa es para mi cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente”

Ayudar a Dios. Quizás hoy no vivamos tiempos tan brutales, pero sospecho que sí vivimos en medio de incertidumbres, despistes, soledad e incluso miedos. Entonces, el reclamo de Etty sigue vigente. ¿Qué significa hoy «ayudar a Dios»?

La respuesta puede que nos la de la Navidad. Celebramos la llegada de un niño en un pesebre. Como decía Ana Iris Simón, resulta asombroso predicar de un Dios al que hubo que enseñar a caminar, al que hubo que abrigar, alimentar y cambiar los pañales. Un Dios, en definitiva, al que hubo que ayudar en su fragilidad.

Esa es la invitación de este tiempo: ayudarle a Él puede ser la mejor manera de conservar su presencia en nosotros. De ayudarnos a nosotros, pese a nuestra fragilidad. Si esperamos que ese Niño nos hable, quizás debamos estar atentos a lo que sucede a nuestro alrededor —en la familia, en el trabajo, en la calle, en la vida, en las relaciones que mantenemos—, pues su voz se escucha hoy en la necesidad del prójimo, tal como le ocurrió al soldado Doss y a la propia Etty.

La lectura del día de hoy del Evangelio comienza diciendo “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios”. De cada uno de nosotros depende la mirada que pongamos en ese pesebre, la manera en la que conjuguemos ese Verbo en nuestra vida y el modo en que nos pongamos «manos a la obra».

Si tenemos que ayudar a Dios, aún siendo frágiles, es que somos más importantes de lo que creemos. Y eso significa formar parte activa de la historia más bella jamás contada.

¡Feliz Navidad!

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