Es el momento de afrontar el diálogo que hemos de mantener con ese cuarto pilar de nuestra vida: el salir de nosotros mismos para preguntarnos acerca de cuál es nuestro lugar en el mundo, cuál va a ser nuestra aportación. Iniciar ese diálogo significa también comenzar a tomar las riendas del propio talento, las riendas de la  propia vida para evitar vivir la de otros, o que otros nos la dirijan de forma más o menos disimulada.

Para iluminar este camino, me remito a voces que han sido brújula en mi propia vida.

En el Génesis, Dios le dirá a Abraham que salga de su tierra, que vaya a un sitio inexplorado que Él le mostrará. Le está proponiendo no solo una salida de un lugar físico, le está proponiendo un “sal fuera” que va más allá de una salida del territorio.

Leí en una ocasión a Peter Drucker que todos deberíamos hacernos una pregunta. ¿qué se espera de nosotros? Y él mismo daba una respuesta enormemente sencilla pero llena de profundidad afirmando que “de todos y cada uno de nosotros lo que se espera es contribución y resultados”.

Esta reflexión de Drucker me sirvió para cerrar la lección magistral que tuve el honor de impartir en una Facultad de la Universidad Politécnica de Madrid. Y les decía literalmente a los asistentes “cada uno de ustedes habrán de decidir si esa contribución y esos resultados los generarán en una empresa grande, mediana o pequeña, creando y desarrollando un proyecto propio, enseñando, o trabajando en un proyecto solidario. Cada uno de ustedes determinará a lo largo de su vida si esa contribución y esos resultados habrán de tener contenido económico, social, cultural, moral, de servicio o una mezcla de todos ellos. Cada uno de ustedes habrá de definir y concretar cuál será su misión” Y una misión es algo que hacemos hacia fuera, hacia los demás. Es un propósito.

Tuve la inmensa suerte de leer también a Viktor Frankl y su libro “El hombre en busca de sentido”. Allí me encontré con otro texto que también me ha acompañado desde entonces. “En realidad, no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente” Y me parece que ese es un cambio de perspectiva respecto a lo que nos planteamos habitualmente.

Y por último, un texto del genial Mark Twain, “hay dos días importantes en la vida. El día que nacemos y el día que descubrimos para qué hemos nacido”.

Pues bien, desde la inspiración de estos textos y algunas cosas más pretendo argumentar la necesidad de ese diálogo en la construcción de la arquitectura de nuestra vida. Y aquí también ocupan un lugar muy importante las preguntas que nos hagamos. ¿qué diálogo vamos a mantener con la vida en términos de lo que espera de nosotros? ¿qué contribución y resultados se esperan de nosotros? ¿de qué modo vamos a salir al mundo a aportar, a entregar, a dar?

Desde Senderos de Silencio creemos que hay tres ejes sobre los que construir ese salir fuera, ese contestar a la vida. De manera muy resumida podríamos señalarlos:

  1. Vivir una vida sostenible. Y para nosotros eso va más allá de lo que mucha propaganda institucional nos dice. Vivir de forma sostenible para nosotros significa vivir no solo en términos de bienestar personal y social. Es cuidar el planeta, cuidar a los demás y también a uno mismo No dejo de preguntarme acerca del mundo que dejaré para mis hijas. Hay una oración invocando a Santa Hildegarda de Bingen que dice que seamos capaces de alcanzar la gracia de amar esta mundo y protegerlo y vivir en armonía con toda la creación. Eso es salir fuera.
  2. Ortega decía en La rebelión de las masas que una vida que no se entrega a algo, camina «desvencijada y sin forma». Vivir es ir disparado hacia una meta que está más allá de uno mismo. Sin ese «disparo», el talento se dispersa; con él, la vida adquiere dirección. Para nosotros, esto es concretar el Propósito: la razón de ser que integra tu talento con tus principios, un propósito, entendido como la razón de ser de la propia existencia, lo que me mueve a hacer lo que hago. Lo que me guía y me dirige. El modo en el que quiero dirigir mi talento y la manera en la que quiero integrar en mi vida los principios en los que creo.
  3. Preguntarse por el legado que se va a dejar. Y entendemos el legado como el deseo y la determinación de dejar una huella de belleza, de bien, de equilibrio (aunque sea pequeña) en el mundo, de modo que trascienda a nuestra propia persona. No estaría nada mal preguntarse el modo en que queremos ser recordados.

Construir la arquitectura de nuestra vida no es levantar muros para protegernos, sino diseñar puentes para encontrarnos con los demás. La misión, el legado y la sostenibilidad son los materiales de una obra que nos trasciende. Porque vivir no es solo ocupar un espacio en el mundo, es convertir ese espacio en un lugar mejor porque nosotros estuvimos en él.

¡Sal fuera!

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