Leía recientemente una breve entrevista a la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, premio Princesa de Asturias. Nos advertía de forma muy directa: si educamos solo para el beneficio económico, para el mercado, no estamos formando personas, sino máquinas útiles.

Es la trampa del «capital humano». Quizás nos están intentando convencer de que la educación es una mera herramienta del mercado, olvidando que su fin último es enseñarnos a vivir en común y a ser libres.

A menudo se dice que leer a Dostoievski, entender a Alonso Quijano, o dejarse empapar por la geometría de un claustro como el de San Juan de Duero, no sirve para «progresar» profesionalmente. Creo que eso es un grave error. La literatura y el arte no son adornos; son como el gimnasio del pensamiento crítico. Nos dan la perspectiva y el matiz que el Excel o un power point no nos pueden ofrecer.

Nussbaum tiene razón: necesitamos ciudadanos que cuestionen la autoridad y se pregunten el «porqué» de las cosas. De lo contrario, acabaremos llenando nuestra vida de objetos, pero seremos incapaces de habitarla. Sin esa capacidad de pensamiento propio, somos terreno abonado para la manipulación emocional y los autoritarismos.

No se trata de dar la espalda al mercado laboral, sino de recordar que, antes que empleados o “capital humano”, somos seres humanos capaces de contemplar la belleza, comprender la complejidad y llamados a vivir una vida buena y en la virtud.

Y tú, ¿de qué manera te estás formando y aprendiendo en la actualidad? ¿Solo para el mercado o para saber vivir en el mundo actual construyendo una vida buena y en la virtud?

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