Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo. Qué reflexión tan curiosa y llena de belleza de Miguel Delibes. Y fue mi mujer, buena lectora de Delibes, la que me desentrañó el sentido de la misma.
Delibes conoce perfectamente una Castilla que es plana, en la que el cielo está alto, muy alto. No hay montañas a las que las nubes atraviesen y den esa sensación de mayor cercanía. Y ese campesino mira hacia arriba y piensa cuán lejos está ese cielo que cambia con las estaciones y que se puede convertir en aliado o enemigo. Y ese campesino sabe que ha de ajustar su vida y su trabajo a ese cielo alto y lejano. Y seguramente en su mirada haya también un ruego para que ese cielo sea benévolo con él y con su trabajo, con esos surcos que ha hecho en la tierra, con esas semillas que ha esparcido, con esas flores que comienzan a brotar. El campesino ve en todo ello el esfuerzo de su trabajo y mira al cielo y se pregunta si todo irá bien.
Y nosotros, seres humanos que habitamos en las ciudades ya no trazamos surcos, ni plantamos semillas. Nos movemos rápidos y en medio de mucho ruido. Salimos por la mañana, pasamos una gran parte de nuestro tiempo encerrados en edificios y volvemos por la tarde a nuestros hogares. Y ya solo miramos al cielo para saber si ponernos unas gafas de sol, usar un paraguas, decidir si hemos de ir más o menos abrigados o especular si podremos hacer ese viaje en el fin de semana.
Sin embargo, en el asfalto late una inquietud similar. Nuestro cielo no es de aire, sino de incertidumbre. Miramos hacia arriba buscando señales sobre el éxito de un proyecto o la correspondencia de un afecto recién estrenado. Ya no tememos al granizo, sino al fracaso; no nos asusta la sequía, sino el vacío de lo que no sucede. Aunque nuestras herramientas son distintas a las del campesino, compartimos ese gesto ancestral de alzar la vista con temor, rezando en silencio para que el tiempo no devaste todo lo que hemos sembrado con tanto empeño.
Al igual que el campesino de Delibes no pregunta al cielo si debe sembrar, sino que simplemente siembra, nuestra tarea no es descifrar la incertidumbre, sino habitarla. Hemos de entender que pase lo que pase ahí arriba, lo que importa es que hoy hemos vuelto a salir al campo. Al fin y al cabo, una cosecha que no corre riesgos es una cosecha que nunca se plantó.
Y así es la vida, nuestra vida, la que hemos de vivir cada uno. Y hemos de vivirla con plenitud, entregando la totalidad de nuestro talento pese a todo lo que pudiera pasar. Por eso, tiene sentido vivir. Porque la vida es, sencillamente, este equilibrio entre lo que no controlamos y lo que nos pertenece. No podemos despejar el cielo, pero sí podemos reclamar nuestro sitio en el surco. Nuestro mayor privilegio como seres humanos no es la certeza de la cosecha, sino la voluntad de seguir saliendo al campo, entregando lo que somos a una tierra que, pase lo que pase, espera nuestra huella. Es el único modo de ser protagonistas de nuestra propia historia y no simples testigos.
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