Quienes tenéis la paciencia de leerme habitualmente sabéis que lo que abordo hoy no es el terreno habitual de Senderos de Silencio. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en la preocupante deriva política y social que vivimos en España. Y lo hago tomando como referencia y guía el primer discurso del Santo Padre León XIV en su visita a España. A mi juicio una hermosa llamada a que podemos ser mejores pese a las muchas dificultades que afrontamos. Y en Senderos de Silencio siempre hemos creído que solo desde la mejora individual es posible la mejora colectiva.

La reciente visita del Santo Padre León XIV a España ha dejado muchas imágenes curiosas y llenas de ternura, unas calles abarrotadas de personas que querían saludar, ver al Papa y participar de los diferentes actos que se han desarrollado durante su visita. Para mí, además de todo eso, han quedado unos discursos llenos de profundidad e incluso de advertencias, respecto al riesgo por el que como sociedad podemos estar deslizándonos.

Comenzaré con el primer discurso pronunciado ante las Autoridades, Sociedad Civil y Cuerpo Diplomático en el Palacio Real poco después de su llegada. Un discurso que establecería los fundamentos de lo que en los siguientes días le pudimos escuchar.

Resaltaré las ideas que me parecieron más potentes de ese discurso y las señalo mediante puntos.

  • Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación.
  • Es la cultura del encuentro, no la del enfrentamiento la que genera estabilidad y prosperidad. No vivir encerrados en ideologías prefabricadas sino abiertos a la realidad. Idea y realidad. Y la verdad que nos atrae a caminos de reconciliación en los que es fundamental el diálogo con el otro.
  • También hoy lo que más nos asusta, lo que en muchos provoca la oscuridad de la razón y la violencia de las emociones, es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas, la desorientación. El miedo a lo desconocido y la violencia de las emociones nos desorientan, evocando la necesidad de atravesar esa «noche oscura» de la que hablaba San Juan de la Cruz para purificar la razón.
  • La necesidad de profundizar en nuestro corazón, la necesidad de volver a nosotros mismos y no como una huida intimista sino como una apertura total. Avanzando, como nos propone Santa Teresa de Jesús con la imagen del castillo interior.
  • Necesitamos cultura, interioridad, educación libre y trascendencia como frenos al fuego de las polarizaciones. Hay sed en el corazón humano.
  • La invitación a abandonar las narrativas divisorias y polarizantes. Abandonar las simplificaciones estériles y apreciar la complejidad de modo fecundo y vivirla como bendición.
  • Las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba: en su interior, los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte. Por otra parte, el bien puede resistir y comunicarse.
  • Huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos.
  • Nos propone el discernimiento que llevó a cabo San Ignacio de Loyola y que le permitió transformar su crisis en gracia.
  • Y como eje de todo ello, la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz.

Escuchar aquel primer discurso, volver a leerlo recientemente y contrastarlo con lo que se vive en esta nuestra querida España me genera la sensación de que hay un foso, muro, abismo o como quieran llamarlo entre la propuesta de León XIV y lo que hoy tenemos en nuestra sociedad. Estamos dejando que quienes nos representan sigan fabricando la simplificación del enemigo frente a un ejercicio de madurez tal y como propone el Santo Padre en su discurso.

Por todo ello, lanzo las siguientes preguntas:

¿Es posible dialogar y confrontar ideas con otros en busca de puntos en común sin que aparezca la premisa “es que yo soy de fulanito o de menganito”?

¿Tiene sentido usar el “y tu más” como único argumento ante aquello que está mal?

¿Hemos renunciado a la necesaria mirada crítica a lo que sucede a nuestro alrededor dejando así que nos traten y nos manipulen como a tontos?

¿Estamos dejando que destruyan la esperanza de poder mejorar y crecer como sociedad y país?

¿Son las soluciones facilonas y pobladas de enemigos las que nos permitirán avanzar y progresar?

¿Vamos a renunciar a la riqueza que puede suponer la complejidad?

¿De verdad queremos vivir de modo permanente en una dinámica de enfrentamiento?

Vuelvo de nuevo al discurso y finalizo con las mismas palabras que el Santo Padre: ¡Que Dios bendiga a España!

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