Escribo hoy sobre la fealdad estadística que aflora desde muchas de nuestras organizaciones y recupero una frase de Joseph Ratzinger para intentar trasladar por qué la gestión actual necesita menos cosmética y mucha más belleza.

Me encontraba el otro día con una frase que me llamó poderosamente la atención. Pertenece a una conferencia que impartió Joseph Ratzinger en el año 2002. Y la frase decía que “la belleza no consiente la mentira, nos aleja de lo feo, de lo que envilece y aísla”

Y me pregunté si se podría hablar de belleza en la gestión, en el management, en la dirección de las organizaciones y las personas.

Lo cierto es que los datos nos hablan de una cierta fealdad estadística. Veamos.

El STATE OF THE GLOBAL WORKPLACE de Gallup del año 2023 y referido a datos de España, ponía delante de nuestro ojos que solo un 10% se sentía feliz en su trabajo. Frente a esto, el estudio EL LIDER Y LA FELICIDAD de IESE y PARAGON PARTNERS de 2024 manifestaba que, de 3482 líderes empresariales, el 83% se consideraba bastante o muy felices. Una disonancia bastante fea. ¿No les parece? ¿Se ha convertido entonces la felicidad en un privilegio de la alta jerarquía?

Solo 1 de cada 10 trabajadores se sentía comprometido. Según el CEO de Gallup los directivos son los responsables de del 70% de la variación en el compromiso de los empleados y por ello planteaba la necesidad de cambiar la forma de gestionar a las personas a nivel organizativo.

El informe STATE OF THE GLOBAL WORKPLACE de Gallup de 2026 nos pone negro sobre blanco:

En España solo un 10% se siente comprometido con su trabajo. Un 39% sufre estrés a diario. Un 24% tiene sentimientos de ira y hasta un 19% tiene sentimientos de tristeza.

Y es cierto, también, que a nivel global el compromiso de los mandos intermedios ha descendido 9 puntos desde el año 2022.

Si revisamos otra información como el EMPLOYEE EXPERIENCE REPORT de NAITED, el EMPLOYEE SENTIMENT STUDY 2025 de AON, o el ESTUDIO DE BIENESTAR CORPORATIVO 2025 de Foment del Treball Nacional nos encontramos con más datos, con diferentes matices, pero muy similares a los que señala Gallup. Es decir, la cosa no parece que pinte muy bien y, en realidad, la conversación que puedo mantener con diferentes clientes no dista mucho de todas esas percepciones.

A mí me queda la sensación de que todos estos datos y estudios nos hablan de un malestar laboral que pone de manifiesto no solo un problema de productividad, sino una potente falta de armonía y veracidad en las relaciones. Y no, no hay belleza en casi nada de todo ello.

El siguiente planteamiento que me hacía era preguntarme cómo era posible todo esto en un mundo que curiosamente parece que nunca se había preocupado tanto por el talento y que sin embargo genera, o eso parece, un rechazo tan manifiesto en gran parte de ese talento. ¿O es que todo se queda en una operación de marketing puramente estética? No deberíamos olvidar que la estética sin ética se queda en pura cosmética.

La realidad es que muchas de esas cifras y porcentajes nos hablan de malestar, tristeza, cansancio, ausencia de vinculación (y mira que se da la brasa con eso del engagement) y hasta de ira. No tengo una varita mágica y tampoco una capacidad global para aportar soluciones generales. No busco ofrecer soluciones corporativas, sino dirigirme a la persona detrás del cargo y plantear algunas consideraciones que vayan de forma directa a su cerebro y a su corazón con la esperanza de que generen pensamiento y posteriormente acción. Y que eso repercuta posteriormente en las organizaciones.

Pregúntate si hay belleza cuando llegas a por las mañanas al trabajo y reconoces al otro o cuando te marchas al finalizar tu jornada. Ya ves qué cosas tan sencillas.

Pregúntate si crees que hay belleza en la relación que mantienes con aquellos con los que trabajas (sean compañeros, colaboradores o supervisores) y si ello te está ayudando a generar vínculos no necesariamente de amistad, pero sí de colaboración y mutua lealtad. O, por el contrario, tu comportamiento te está llevando a vivir en una especie de burbuja alejado de los demás.

Pregúntate si hay belleza o fealdad en tu modo de trabajar a la hora de asumir responsabilidades por lo que haces o debes de hacer facilitando el trabajo de los demás o por el contrario tu perfil es el de trasladar cargas a otros.

Pregúntate si en tu modo de trabajar y de comunicarte con los demás hay mentira o hay sinceridad y transparencia. Recuerda que la mentira es enemiga de la belleza.

La belleza en el trabajo no debiera ser un lujo decorativo ni un KPI de recursos humanos; debiera ser un termómetro ético. Si la belleza nos aleja de la fealdad, de la mentira, de lo que envilece y aísla, entonces recuperarla en nuestra forma de saludar, de colaborar, de comunicarnos, de dirigir, de trabajar en definitiva es la única vía para no seguir generando estadísticas de malestar.

Mañana, cuando cruces la puerta de tu oficina o abras tu ordenador, tendrás la oportunidad de añadir una pincelada de verdad a tu entorno o de seguir alimentando la fealdad pese a la cosmética.

Entonces ¿Vas a cultivar un vínculo que construye o una mentira que aísla?

 

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