“Nuestros mayores temores se basan en la anticipación”. Don Draper.

Serie MAD MEN.

 

Sobre nosotros y sobre nuestra vida hay dos realidades que nos atenazan con más frecuencia de la que nos gustaría.

Una es el pasado. Un “monstruo” sobre el que por mucho que le demos vueltas no podemos ejercer ya la más mínima influencia. El único acto que podemos ejercer sobre el pasado es aprender del mismo y aceptarlo.

Rumiamos con mucha frecuencia los errores, las faltas, las decisiones, las derrotas, etc., tanto que, a veces, parecen nuestro alimento diario. Es un error dejarse acorralar por el pasado y por los posibles errores cometidos en el mismo.

La otra realidad que nos suele generar agobio es el futuro. Ninguno tenemos una bola de cristal, ninguno sabemos lo que nos pasará mañana. No podemos programar nuestra vida hasta el más mínimo detalle porque nada de ella está escrito en ningún lugar.

A veces proyectamos hacia el futuro el dolor y nuestra inquietud por cómo será el mañana y a todo eso le sumamos el pesar por nuestro ayer. Pero el pasado no determina nuestro futuro.

Quizás, con demasiada frecuencia, vivimos ahogados entre un pasado que nos pesa y un futuro que nos inquieta. Hemos de aprender a vivir cada momento como algo que es suficiente por sí mismo, como plenitud de existencia porque vivir el presente ensancha el corazón. La escalera que se dirige a mejorar solo tiene un escalón, el que subamos hoy.

Tenemos derecho a pensar en el futuro, trazar proyectos y pensar en el mañana, pero hemos de hacerlo sin inquietud, sin zozobra evitando que toda esa proyección nos impida centramos en el presente, en el hoy y ahora. Etty Hillesum decía que no debíamos añadir al peso del hoy la angustia y la incertidumbre que muchas veces nos inspira el futuro.

La correspondencia entre nuestra representación de los hechos futuros y lo que luego sucede realmente resulta tan pequeña que conviene mantener distancia respecto a las obras y construcciones de nuestra imaginación. Por ello afirmaba Epicteto que “los hombres somos frecuentemente agitados y asaltados, no por un mal efectivo, sino por las opiniones que nosotros mismos nos hacemos de las cosas”.

Fritz Pearls fue un neuropsiquiatra que creo la denominada ley de Perls mediante la que explicaba que la ansiedad suele ser el producto del miedo al futuro. Según Perls el 40% aproximado de las cosas nunca llegarán a ocurrir; un 30% ya han ocurrido y por lo tanto no tiene sentido preocuparse; un 10 % afectan a preocupaciones diversas cuyos efectos se anulan entre si; un 12% están relacionados con problemas de salud y tan sólo un 8% merecen nuestra atención.

El propio Jesús de Nazareth dijo hace ya mucho tiempo “que no anduviésemos preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. Que a cada día le basta su afán” (Mateo, 6,34).

Así pues, vivimos agobiados por un pasado sobre el que ya no tenemos ningún poder y preocupados por un futuro que mirado conforme a las cifras de Perls no parece tan amenazador, salvo por esa capacidad de anticipar de la que hablaba Don Draper.

 Peter Drucker nos recordaba que la mejor manera de predecir el futuro es creándolo. Es, por tanto, en el momento presente, bien anclados en el mismo cuando podemos construirlo.

Debiéramos vivir en plenitud cada instante. Y eso significa que lo que importa es el hoy y ahora. Por ello, cualquier cosa que hagamos, por pequeña y banal que pueda ser, desde el momento en que forma parte de nuestra vida presente merece la pena que sea hecha, que sea hecha bien, y que estemos plenamente presentes en ella.

Vivir el presente es liderar la propia vida. Y para ese liderazgo, una posible brújula nos la regala Antonio Machado al recordarnos que “hoy es siempre todavía”. El presente es un abanico abierto de posibilidades. Liderar la propia vida es asumir que el único momento para construir el futuro, aprender y enmendar el pasado es este preciso instante. Porque mientras haya un «hoy», todavía está todo por hacer.

Que pases un feliz y presente día.

Share This