Escribía días atrás acerca de cómo me gustaba la palabra Adviento y su significado: tiempo de esperanza.
En estos días de Adviento me he encontrado, de nuevo, con la palabra esperanza, en este precioso verso “el ropaje de toda gran esperanza/es la belleza”. Pertenece al poeta italiano Gabrielle d´Annunzio.
Tengo para mí que el poeta parece sugerir que la esperanza necesita un modo de manifestarse, un “vestido” con el que mostrarse al mundo. Y ese vestido es la belleza.
Y creo que debemos preguntarnos si en nuestro interior habita la esperanza y si, en consecuencia, nos “vestimos” de belleza. Dos palabras que pueden llegar a decirnos tanto cuando las leemos, las escuchamos o las pronunciamos.
Dice nuestro diccionario que la esperanza es ese estado de ánimo que se manifiesta cuando lo que se desea aparece como algo alcanzable. No es, por tanto, la esperanza un esperar de forma pasiva. Y si en nuestro interior habita la esperanza ¿de qué manera nos estamos vistiendo ante el mundo, ante la vida, ante los demás?, ¿hay entonces también belleza en nuestras vidas?
¿Qué comportamientos, gestos y modos de vivir pueden, mediante la belleza, expresar esa esperanza?
La belleza de la coherencia.
La belleza del respeto.
La belleza del esfuerzo silencioso por mejorar.
La belleza de lo bien hecho.
La belleza de la bondad.
La belleza de la responsabilidad.
La belleza de la autenticidad.
La belleza de la colaboración
La belleza de la paciencia
La belleza de la empatía
La belleza de la honestidad
La belleza de la confianza.
Vestirse de belleza es expresar ante el mundo que esperamos que nuestra vida puede ser mejor y que trabajamos para que así sea ¡contra todo y pese a todo! Pero también generamos esperanza en otros. Aportamos al mundo, mejoramos lo que nos rodea: en el trabajo, en la familia, en las relaciones, en la sociedad. En un mundo tan tremendamente conectado tenemos la oportunidad de inspirar, de construir, de dejar huella. Y no se trata de presumir, de presentarnos de forma soberbia. Nos recordaba Marianne Williamson que hacernos los insignificantes no le sirve al mundo.
Vestir de belleza la esperanza, vestir de belleza nuestra vida, ¡que maravillosa oportunidad! La pregunta que hemos de hacernos es ¿cómo me estoy vistiendo yo cada día? Preguntarme acerca de mis gestos, mis decisiones, mi modo de trabajar, de hablar, de escuchar, de tratar a otros. Todo ello ¿da forma visible a la esperanza que digo tener? ¿O es que mi esperanza se ha marchitado?
Termino. Tengo la convicción de que una de las cosas que se aprende cuando se profundiza en el autoliderazgo es a vivir en esperanza y vestirse de belleza. Y ello porque nos hacemos preguntas, pensamos, reflexionamos y nos interpelamos. Y, sobre todo, porque tomamos la decisión de ser los protagonistas de la obra que es nuestra vida.
Creo sinceramente que vivir en esperanza es inspiración permanente para hacer las cosas mejor, vestir de belleza es comenzar a vivir en la sabiduría.
Este tiempo de Adviento no es un mal momento para comenzar a dejar tu huella en el mundo, en esperanza y con belleza.
Escribes: «La pregunta que hemos de hacernos es ¿cómo me estoy vistiendo yo cada día?», y no puedes tener más razón, Emilio. Como dice Viktor Frankl, te lo pueden quitar todo, menos la actitud con que afrontas la vida. Eso solo depende de ti y, sin embargo, ¡qué fácil y absurdamente nos entregamos al desaliento y a la fealdad!
Querido Miguel:
Qué buen comentario. y lo peor es que das en el clavo. Nos vestimos con demasiada frecuencia en el desaliento y la fealdad. Muchas gracias.
Un texto hermoso que nos recuerda que la esperanza no es pasiva, sino que se viste de belleza en nuestros gestos y decisiones cotidianas, dando forma visible a la vida que aspiramos construir.
Hola José Ángel:
Muchas gracias. No se queda atrás en belleza y verdad tu reflexión. Un abrazo.