Recuerdo el último seminario sobre liderazgo que tuve la oportunidad de impartir. Los alumnos eran ya profesionales con responsabilidades en la gestión de personas, alguno de ellos gestionando un equipo numeroso. Y hablamos del amor en el liderazgo. Hubo caras de sorpresa. Para hablar de ello me apoyé en dos textos que me gustaron mucho cuando los leí. El primero fue La paradoja de James C Hunter; el segundo fue Once anillos de Phil Jackson. Y me apoyé en ellos porque ambos hablaban del amor a la hora de liderar y dirigir personas. Cada uno de ellos con sus matices. Y no los voy a destripar pues creo que ambos merecen una lectura pausada, tranquila y con lápiz para subrayar.
Pero hablaban del amor y eso chocaba con la mentalidad que asumimos cuando estamos en el entorno profesional o de trabajo. Pensamos que el amor se debe quedar reservado para el ámbito de las relaciones puramente personales, y hasta nos genera un cierto pudor mentar esa palabra en un entorno de trabajo.
Hunter habla del amor no como un sustantivo que describe un sentimiento, sino como verbo que describe un comportamiento. Su referencia del amor la toma de Jesús de Nazareth y su modo de relacionarse con todos, incluso con los enemigos. Para Hunter la palabra griega (el Evangelio está en gran parte en griego) amor tienen varias interpretaciones: Eros para la atracción sexual, Storge para el afecto entre los miembros de la familia, Filia para el amor fraternal y Ágape para el amor incondicional fundado en el comportamiento con los demás al margen de sus méritos. Según Hunter, este es el modelo de amor que sigue Jesús. Un concepto de amor que hace que puede que no sea posible controlar los sentimientos hacia otros, pero si posibilita controlar el comportamiento. Desde ese amor, elegimos como nos comportamos. Más adelante tomará como referencia el himno al amor de San Pablo en el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. En ese texto podremos leer palabras como paciencia, servicio, disculpa, esperanza y frases del estilo de no se envanece, no procede con bajeza, no se irrita, regocijarse con la verdad, etc. Desde luego, no está nada mal como proyecto y enfoque de vida no solo en lo personal, sino también en lo profesional.
Jackson, que fue entrenador de algunos de los equipos de baloncesto más importantes de la NB tiene otro enfoque, pero no tan distinto como pudiera parecer. Su concepto de amor pone el foco en el renunciar al ego, al individualismo, al protagonismo absoluto poniendo el énfasis en algo más grande que el individuo jugador; a fomentar la confianza y la conexión entre los jugadores; servicio; respeto por el compañero cuidando al grupo y trabajando el compromiso por los demás.
Ambos autores coinciden en un punto disruptivo: el liderazgo consiste en modelar nuestra conducta pensando en el beneficio y desarrollo del otro y del grupo.
Cuando terminé de explicar esto a los alumnos, la palabra amor ya no sonaba tan “repipi” si se me permite la expresión. Es verdad que, para todos ellos, y para mí, vivir en el trabajo con cualquiera de los dos enfoques, o con ambos si fuese posible dado que no son en absoluto incompatibles, no es una tarea nada fácil. Mirar al otro como compañero con el que construir, aportar y llegar a una meta más allá de los sentimientos no dudo que sea una tarea complicada, pero creo que no imposible.
La lectura del Evangelio nos revela que los apóstoles tenían sus movidas y sus historias entre ellos, pero que acabó triunfando el amor. La historia nos dice que lo que Jackson planteó no debió ser fácil considerando las grandes estrellas de la NBA a los que entrenó, pero hay algunos anillos que acreditan que se pudo hacer.
Si el liderazgo no es, en última instancia, un acto de servicio y cuidado hacia quienes guiamos, ¿qué es entonces?
Y tú ¿qué idea tienes del liderazgo? ¿encaja esa perspectiva del amor en la misma?
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