Ayer leía una interesante entrevista en el periódico digital The Objective a la periodista de la cadena COPE María José Navarro.

Le preguntaban por una etapa profesional suya que se podía entender como un fracaso. Y ella lo reconocía, algo poco habitual. No echaba balones fuera. Pero además decía una cosa que me parece muy importante y que pocas personas son capaces de reconocer. Afirmaba que ella no era una buena número uno.

Y continuaba afirmando y cito literalmente “ahora, nos están diciendo todo el tiempo que podemos ser lo que queramos. Les estamos contando a las nuevas generaciones que, si se lo proponen, pueden ser líderes. Lo que ellos quieran. No. También se necesita gente que no pueda ser número uno. A mí me gusta estar en esa otra línea, que no es la primera”

Encontrar con humildad y sencillez nuestro lugar en el mundo, ese desde el que de verdad se aporta y que no siempre está en el número uno o en primera fila me parece una de las tareas más importantes que todas las personas debemos acometer. De lo contrario se corre el riesgo de hacer las cosas a medias o incluso mal, mientras nos privamos (y privamos a los demás) de la satisfacción de hacer las cosas de forma correcta e incluso brillante cuando estamos en el lugar para el que de verdad estamos capacitados, el lugar “que nos va”.

Aceptar que no todos hemos nacido para liderar o estar de número uno no es conformismo, es sabiduría. Porque lo importante no es estar arriba, sino estar en el lugar donde uno puede dar lo mejor de sí. La verdadera plenitud no nace de la ambición desmedida, sino de la autenticidad. Cuando alguien encuentra ese lugar —sea el número uno, el tres o el veinte— y lo habita con responsabilidad, humildad y compromiso, entonces sirve, aporta y deja huella. Y eso, al final, es lo que realmente importa.

Si seguimos diciéndole a la gente que cualquier cosa es posible les estaremos engañando. Ayudemos a que descubran quiénes son y cuál ha de ser su lugar en el mundo: ese lugar que nos está esperando

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