En el proceso de construir nuestro autoliderazgo o liderazgo interior, ya hemos advertido la necesidad de mantener un diálogo fructífero y constante con los cuatro pilares que sustentan nuestra vida; un diálogo donde nuestro talento juega un papel fundamental. La semana pasada hablábamos de cómo entender el mundo en el que vivimos apoyándonos en nuestra capacidad de pensamiento crítico.

Es el momento de hacernos una nueva pregunta: ¿Cómo nos cuidamos? Para responder, debemos atender a las cuatro dimensiones que nos hacen humanos: la física, la social, la intelectual y la espiritual. Atenderlas es, en esencia, «afilar la sierra», como recomendaba Stephen Covey.

Nuestra dimensión física: Es el momento de preguntarnos acerca del modo en el que descansamos, nos alimentamos y nos movemos. Debo advertir que suelen ser aspectos que descuidamos con frecuencia. Lo digo desde la experiencia: durante años no cuidé debidamente estos hábitos, algo que, tarde o temprano, uno acaba pagando. La tradición de los Padres de la Iglesia decía que el cuerpo es el templo del espíritu; hay mucha verdad en ello. Alimentarse bien, dormir y practicar actividad física son actos de amor propio con beneficios inmediatos y futuros. Créanme.

Nuestra dimensión social: Somos seres gregarios. Desde la infancia buscamos interactuar y formar lazos. El «Estudio sobre el desarrollo humano» de la Universidad de Harvard (iniciado en 1938) ha acreditado que el mejor predictor de una vida larga y saludable es la calidad de nuestras relaciones. Los últimos estudios científicos sugieren que los más aptos no son los más fuertes, sino quienes mejor se adaptan mediante la cooperación, la empatía, la confianza y la honestidad. La evolución premia a quienes colaboran.

Nuestra dimensión intelectual: Peter Drucker nos recordó que debemos llevar una vida de aprendizaje constante. Desde el colegio hasta la jubilación (e incluso después), nuestra mente necesita alimento. De lo contrario, se atrofia. Isaac Newton decía: «Si he podido ver más allá es porque me encaramé a hombros de gigantes». Esos gigantes (Cervantes, Homero, Shakespeare, Dostoievski o Tolstoi) siguen ahí. En un mundo desbordado por pantallas e información fragmentada, dedicar tiempo a la lectura profunda y al estudio de los clásicos es vital para mantener el equilibrio y la agudeza mental.

Nuestra dimensión espiritual: Más allá de lo religioso, esta dimensión se refiere a lo trascendente. Puede cultivarse en el silencio de la naturaleza, en la meditación o en la oración, como recordaba Martin Luther King: «Tengo mucho que hacer hoy, de modo que necesito pasar otra hora de rodillas». Aquí, en lo trascendente, habita nuestro compromiso con nuestros principios y nuestros valores, y con nuestro propósito. Trascender es, en cierto modo, «salir fuera”: preguntarse qué lugar ocupamos en el mundo y qué contribución queremos dejar.

Cuidar de estas cuatro dimensiones no es un lujo ni un acto de egoísmo; es la condición necesaria para liderar la propia vida. No podemos dar lo que no tenemos. Si descuidamos el cuerpo, la mente, el corazón o el espíritu, terminaremos operando en ‘reserva’, perdiendo impacto y sentido.

Hoy te invito a que elijas una sola de estas dimensiones —aquella que sientas más frágil en este momento— y realices una pequeña acción para fortalecerla.

¿Por cuál de ellas vas a empezar a ‘afilar tu sierra’ hoy?»

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