Cada año que comienza parece ir acompañado de una tradición inevitable: los propósitos de «año nuevo, vida nueva». Todos hemos pasado por ahí: apuntarse al gimnasio, leer más, comer mejor… propósitos válidos, pero a menudo efímeros.
Sin embargo, hace poco una lectura me hizo reflexionar sobre algo mucho más profundo. Desde 1938, la Universidad de Harvard lleva a cabo el Estudio sobre el Desarrollo Adulto. Es una investigación única que ha seguido la vida de cientos de personas (y ahora a sus descendientes) durante más de 80 años, monitorizando sus alegrías, dificultades, salud física y estado emocional.
El actual director del estudio, el psiquiatra Robert Waldinger, destaca una conclusión que desmonta muchos de nuestros mitos modernos:
La calidad de nuestras relaciones es el mejor predictor de nuestra felicidad y salud conforme envejecemos.
¿Cuáles son las claves para una «buena vida» según este estudio?
Las personas con relaciones sólidas a los 50 años llegaron a los 80 siendo las más saludables. Las buenas relaciones no solo protegen el cuerpo, sino también el cerebro.
La soledad y el aislamiento son factores estresantes. Tener vínculos seguros nos ayuda a procesar mejor las emociones difíciles.
Ni la riqueza, ni la fama, ni trabajar sin descanso garantizan una vida plena.
Y ¿qué es lo que parece que más lamentamos al final del camino?
Cuando se preguntaba a los participantes del estudio en su vejez de qué se arrepentían, aparecían dos respuestas recurrentes:
- Haber pasado demasiado tiempo trabajando y poco tiempo con las personas que querían.
- Haber dedicado demasiada energía a preocuparse por lo que los demás pensaban de ellos.
Asimismo, en el estudio se resalta la importancia del agradecimiento y el reconocimiento. Tenemos tendencia a dar por hecho las cosas que hacen bien muchas personas. Y deberíamos preguntarnos acerca de cómo sería nuestra vida si esas personas no hubieran hecho esas cosas bien, o si esas personas hubiesen desaparecido. ¿Recuerdan la película Qué bello es vivir? Es bueno y necesario agradecer y reflexionar acerca del impacto que tenemos en la vida de otras personas y no dar por hecho tantas cosas sin más.
Por otro lado, revisando la charla TED del propio Robert Waldinger en el año 2017 me resultó muy interesante otro dato que apuntaba. Al preguntar a los millennials sobre sus metas, la mayoría respondía que lo que querían era ser ricos y famosos. Lo curioso es que esto no es generacional; los primeros participantes del estudio pensaban exactamente lo mismo cuando eran jóvenes.
Solemos buscar soluciones rápidas y permanentes, pero la vida y los vínculos son complejos y requieren mantenimiento constante. La «buena vida» no es un destino, es un proceso que hay que ir construyendo.
Quizás el mejor propósito para este año no sea una nueva dieta o una suscripción al gimnasio. Quizás sea dedicar tiempo de calidad, presencia y agradecimiento a quienes nos rodean. Nunca es tarde para construir una nueva conexión o fortalecer las existentes.
Porqué, al final, la buena vida se construye con buenas relaciones.
Magnífica reflexión, Emilio. ¿Cómo se explica que en los países mediterráneos seamos más longevos? Se habla mucho de la dieta, pero influye probablemente también que seamos «sociedades familísticas», como dicen los sociólogos. Nos gusta mucho vivir amontonados, y eso parece que mejora el bienestar.
Emilio, magnífica lectura. Mi experiencia ratifica todo lo comentado. Gracias.