Hay dos cosas que determinan tu propia vida. Una es la suerte y la otra es la calidad de las propias decisiones.

De este modo tan contundente se manifestaba, en una reciente entrevista,  Annie Duke, doctora en Psicología cognitiva por la Universidad de Pensilvania y además una gran jugadora de póker, tanto que ganó diferentes e importantes torneos hasta el punto de haberse embolsado cerca de cuatro millones de dólares en premios. La entrevista estaba motivada por la reciente publicación de su libro “Decide y apuesta. Toma mejores decisiones y enfréntate a la incertidumbre”

Según Duke, la suerte determina una parte importante de como se desarrollará la propia vida y las probabilidades de diferentes resultados. Y sobre todas esas realidades que forman parte de la suerte ¿tenemos algún tipo de control? Se pregunta Duke. Y responde que ninguno. Hay muchas cosas en la propia vida que está fuera de nuestro control (lugar de nacimiento, época, familia, altura, belleza, dones, etc.)

La otra cosa que determinará la calidad de la propia vida será la calidad de las propias decisiones. Y èsta si podemos controlarla mediante una buena combinación de análisis, reflexión y conciencia de sesgos.

En otra entrevista, el sociólogo y experto en envejecimiento Karl Pillemer sostiene que el secreto para una vida plena no está en evitar los problemas sino aprender a distinguir con claridad que aspectos depende de nosotros y cuáles no. Para este sociólogo, el bienestar no depende tanto de las circunstancias externas como de la forma en que las interpretamos y gestionamos.

Según Pillemer hemos de poner el foco en las propias acciones, no en los resultados, que muchas veces escapan a la voluntad individual. Podemos controlar como actuamos, pero no como responderá la vida. Y recomienda centrar la energía en las decisiones concretas, priorizando a las personas y experiencias por encima de las cosas y cuidar las relaciones. Potenciar aquello que se puede hacer y adaptarse a lo que se ha perdido, sin quedar atrapados en la queja.

Se puede ser feliz dentro de las circunstancias reales. Posiblemente no se eliminen ni el dolor ni las dificultades, pero nos pueden enseñar a actuar sobre lo controlable, aceptar lo inevitable y construir bienestar desde decisiones pequeñas, sostenidas y realistas.

En Navidades volvía a ver una película magnífica. Se trata de Un amigo extraordinario, protagonizada por Tom Hanks. En ella se pueden escuchar algunas reflexiones por parte del personaje que interpreta Tom Hanks (Fred Rogers una estrella que fue del entretenimiento infantil en la televisión estadounidense) que me han hecho pensar y que creo que dan una perfecta continuidad a lo que expresan personajes como Duke y Pillemer. Afirmaba  Rogers en la película que “no hay una vida normal sin sufrimiento”; que “todo ayuda a formar lo que uno es”; y que “morir es algo humano, y que todo lo humano es mencionable y, por tanto, manejable”.

A veces la vida nos parece enormemente complicada y llena de dificultades, y suele ser así, pero podemos aprender a vivirla diferenciando aquello que podemos controlar de lo que no, y actuar en consecuencia.

Precisamente, cuando Pillemer insiste en ‘priorizar a las personas y cuidar las relaciones’ como una de esas acciones controlables clave, no pude evitar conectar sus palabras con lo que compartí la semana pasada sobre el estudio de Desarrollo Adulto de Harvard sobre el mayor predictor de una vida larga y saludable.

Resulta tan interesante constatar cómo, desde ángulos tan distintos —el póker de alto nivel, la sociología del envejecimiento o los estudios longitudinales de salud—, llegamos a una misma conclusión vertebral: si bien la suerte reparte las cartas iniciales, la calidad de nuestra vida depende de cómo decidimos jugarlas. Y la decisión más rentable, la que siempre está bajo nuestro control, es invertir en la calidad de nuestros vínculos.

Quizás el secreto no sea otro que el que apuntaba Covey en su primer hábito de la proactividad: dejar de desgastarnos golpeando las paredes de nuestro ‘círculo de preocupación’ y volcar toda nuestra energía vital en expandir nuestro ‘círculo de influencia’.

Ahí, en nuestras decisiones diarias, en nuestra actitud ante lo adverso y en el cuidado de quienes nos rodean, es donde reside nuestro verdadero poder.»

 

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