Tengo para mí que hay personas que han sabido leer muy bien los tiempos que les ha tocado vivir. Y de esa lectura han sido capaces de extraer reflexiones llenas de interés. Desde un punto de vista general, quiero recordar ahora en estas líneas a sociólogos como Anthony Giddens, que en 1999 nos advirtió de que comenzábamos a vivir en un mundo desbocado. Por esas mismas fechas, Richard Sennett nos hablaba de la corrosión de nuestro carácter como fruto de una sociedad impaciente, centrada en lo inmediato, y de una economía con el foco en el corto plazo; una combinación que había terminado por erosionar la mutua lealtad y el compromiso en las organizaciones. Y, más recientemente, Zygmunt Bauman puso negro sobre blanco que vivíamos en una sociedad líquida, en la que las certezas se disuelven con rapidez y las referencias se vuelven frágiles.

Si me arrimo más al mundo del trabajo y de las organizaciones, hubo otras personas que también fueron capaces de leer y entender lo que estaba ocurriendo. Es el caso de Peter Drucker, cuando —hace ya muchos años— nos presentó la figura del trabajador del saber o del conocimiento. Una figura que hoy predomina en nuestro mundo y que sospecho aún se entiende poco. Finalmente, en 2013 tuve la oportunidad de leer el libro Prepárate, el futuro del trabajo ya está aquí, de la profesora Lynda Gratton. En ese libro, Gratton nos introducía en un mundo en el que cinco grandes fuerzas estaban cambiando las empresas y el trabajo: la tecnología, la globalización, los cambios sociales, la demografía y todo lo relacionado con los recursos energéticos y la idea de sostenibilidad.

Sus conclusiones nos advertían del modo en el que quienes trabajamos teníamos que enfrentarnos a esa nueva realidad de una manera diferente, porque esa nueva realidad nos exigía enfocar nuestra mirada desde otras perspectivas. Si había desaparecido lo que Sennett denominaba la mutua lealtad y el compromiso, era evidente que el futuro de quien trabajaba ya no era una cuestión exclusiva de la organización, sino del propio trabajador. Eso exigía asumir una responsabilidad plena sobre la vida que se estaba construyendo. Del mismo modo, la búsqueda de nuevos equilibrios entre trabajo y vida personal respondía a la preeminencia de los valores personales frente a los de la empresa, con el consiguiente impacto en el sentido —o no— de pertenencia a la organización.

En definitiva, quienes trabajábamos, y aún lo hacemos, íbamos a necesitar dedicar más tiempo y reflexión a lo que queríamos hacer con nuestra vida, a liderarla de forma plena. Algo apasionante, pero nada fácil, aunque solo fuese por una cierta falta de costumbre.

La pregunta que, entonces, hemos de hacernos es por nuestra capacidad para entender y comprender nuestro mundo, sus cambios, las nuevas relaciones. Y eso es algo que va mucho más allá del hecho de estar informado. Implica y exige liderar nuestra relación con la realidad exterior. Implica liderar nuestro talento, que siempre se despliega en un contexto social y económico concreto. Y omprender ese contexto requiere un pensamiento crítico afilado.

Pensamiento crítico: el primer acto de autoliderazgo

Escribía en un anterior post que leer y entender nuestro mundo era uno de los pilares básicos del autoliderazgo o liderazgo interior. Cuando hablo de pensamiento crítico no me refiero a una competencia académica reservada a filósofos o sociólogos, sino a una capacidad vital: la de tomar distancia de lo inmediato para comprenderlo. A veces pienso que sería suficiente con que fuésemos capaces de pensar. Vivimos en un tiempo de sobreinformación, pero no necesariamente de comprensión. Confundimos opinión con criterio, datos con sabiduría y velocidad con profundidad. Vivimos de un modo en el que la atención está muchas veces desperdigada. Sin pensamiento crítico, nuestra vida profesional queda en manos de fuerzas que no controlamos: la urgencia, la cultura dominante, los algoritmos, los intereses económicos o las modas de gestión.

El autoliderazgo no es solo mirarse hacia dentro; es también comprender con lucidez el escenario en el que desarrollamos la propia vida. Nuestro talento no existe en el vacío: se despliega en estructuras económicas, culturales y tecnológicas que van a condicionar nuestras decisiones, nuestras expectativas y nuestras posibilidades. Pensar críticamente es, por tanto, el primer acto de autoliderazgo: interpretar bien la realidad para no ser simplemente arrastrados por ella.

En el ámbito profesional pensar críticamente implica unas cuántas cosas.

  • No se trata de acumular datos, sino de saber descartar, separar el grano de la paja.
  • Cuestionar los supuestos que damos por evidentes: que hay que estar siempre disponibles, que el éxito se mide solo en salario o cargo, que cambiar constantemente es siempre mejor que permanecer, etc.
  • Leer las narrativas dominantes del tipo “si quieres, puedes”, “la pasión lo es todo”, “el mercado siempre sabe”, etc., y reconocer sus limitaciones y sus intereses no siempre evidentes.
  • Comprender esas fuerzas a las que aludía Gratton y así poder diferenciar qué depende de nosotros y qué no, evitando caer en la ingenuidad o en el cinismo.
  • Tomar decisiones con conciencia, alineando carrera, formación, relaciones y estilo de vida con principios y propósito, y no solo con incentivos externos.

El autoliderazgo o liderazgo interior no es un ejercicio aislado de introspección, sino un diálogo constante con el entorno y con el tiempo que nos toca vivir. Por ello, pensar críticamente es, en el fondo, un acto de responsabilidad radical y también de libertad. Significa no vivir anestesiados, no delegar la propia vida, no convertirse en mero engranaje de una maquinaria que no se comprende, no ser un mero pasajero sino el propio conductor. Significa detenerse, tomar distancia y preguntarse qué está pasando realmente en el mundo del trabajo, en las organizaciones y en uno mismo. Si no ejercitamos esa capacidad convertimos el autoliderazgo en un eslogan vacío. Si la ejercitamos es cuando seremos profundamente humanos: comprender para decidir, decidir para vivir con coherencia.

Este es, a mi juicio, el primer pilar del autoliderazgo o liderazgo interior. Ser capaces de leer y dialogar con los tiempos que vivimos con un pensamiento crítico sólido.

Porque, al final, el mayor riesgo de este mundo líquido no es el cambio constante, sino intentar navegarlo con mapas que han podido ya caducar.

Hoy en día ¿qué diálogo estás manteniendo con el mundo y con tu tiempo?, ¿qué lugar ocupa el pensar y reflexionar en ese diálogo?

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