El pasado sábado tenía lugar una audiencia de Su Santidad León XIV con diferentes personas del mundo del cine. Y más allá de los actores, actrices o directores famosos que allí estaban, creo que es interesante detenerse un momento en el magnífico discurso del Papa acerca del cine.

Habló del cine como ese lugar que en nuestra infancia y en nuestras ciudades era un punto de encuentro, un espacio (algo físico) al que acudías dispuesto a sorprenderte y donde la luz atravesaba la oscuridad y las palabras se encontraban con el silencio.

Para León XIV el cine ha tenido la capacidad de consolar, de interpelar a las preguntas que nos habitan y a las lágrimas que no sabíamos que teníamos que expresar. El cine puede promover el crecimiento personal y espiritual, educar la mirada y abrirnos a la trascendencia. Recordó que el cine es un lenguaje universal que une culturas, acorta distancias y favorece la comprensión mutua. No olvidó su función pedagógica con su capacidad para formar una mirada crítica, especialmente en los jóvenes, y convertirse en un verdadero maestro de humanidad dándonos -en medio de la era digital, de las pantallas siempre encendidas y del flujo de información constante- tiempo, tranquilidad y reflexión.

Y habló de belleza y de esperanza a través de las historias e imágenes que el cine nos ha aportado y continúa aportándonos. Animaba a los presentes a seguir siendo testigos de esperanza, belleza y verdad, porque todo ello ayudaría a curar las heridas del mundo. A que nunca pierda su capacidad de asombrar, mostrándonos, aunque sea un pequeño fragmento del misterio de Dios

En mi experiencia docente, he recurrido muchas veces al cine para explicar realidades del trabajo y de la empresa: virtud, principios, amistad, colaboración, liderazgo. Porque en él encontramos enseñanzas que nos ayudan a comprender el mundo, a los demás y a nosotros mismos.

El cine, decía León XIV, es capaz de fijar en imágenes un instante de la vida y transformarlo en auténtica poesía. Y nos recordó unas palabras de David W. Griffith: “Lo que le falta al cine moderno es belleza, la belleza del viento entre los árboles”. Ese viento, añadía, es también el viento del Espíritu, el viento de Dios.

Un discurso lleno de belleza y esperanza, que nos invita a reconciliarnos con la vida y a redescubrir en el cine un camino hacia la verdad, la paz y la trascendencia.

En definitiva, un hermoso discurso que merece la pena ser leído.

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